El bachaqueo nuestro de cada día

No hicieron falta lecciones de emprendimiento, tampoco estudios de mercado, mucho menos una cuantiosa inversión, pero sin duda el negocio arrasa en ganancias, como todo oficio ilegal, el bachaqueo sigue afianzándose en el país como un delito permisible, un mal justificado, o como suelen sus actores decir: una salida a la crisis.

No tienen horarios, pero se organizan desde bien temprano, mucho antes de asomar los primeros rayos del sol, ya se encuentran en la parada fija frente o muy cerca del establecimiento, al acecho del botín del día.

No tienen comodidades ni beneficios, pero si una red de transportistas, comerciantes, personal de vigilantes y otros miembros, que se entrelazan desde sus dispositivos móviles, cual comando para dar  “el pitazo” de primera mano.

Carecen de legalidad y actúan delante de todos, son despreciados por la sociedad, pero nadie se atreve a confrontarlos, cometen sus fechorías a plena luz del día, pero no existe autoridad que haya podido neutralizarlos, y lejos de desaparecer se multiplican como diáspora.

Son los denominados bachaqueros y bachaqueras, la máxima expresión de la necesidad hecha un negocio ilegal, una deshonra al nombre de esos insectos que con tanto sacrificio trasladan la comida a cuestas.

Una cruenta realidad con la que los venezolanos han aprendido a sobrevivir y han hecho hasta parte de sus vida, ante la evidente carencia de alimentos y productos de necesidad básica.

Un modus operandi que llegó para quedarse ante la indiferencia de las autoridades y la incapacidad para resolver la coyuntura estructural que afecta al sector productivo.

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